domingo, 3 de noviembre de 2013

Aurore

Las seis y media. ¿Hay que volver a la vida? ¿hay que abrir los ojos? Tengo tanto frío cuando los abro. Mi habitación, con muebles lacados en blanco, parece una cámara frigorífica.
¿alguien ha entrado? Leí en algún sitio que para defenderse de una fiera hay que hacerse el muerto. Así que retengo temerosamento mi respiración y hago la muerta, como si con este truco pudiese escapar de las garras de mamá.
Es Erna, la mujer de la limpieza, que viene precipitadamente con fuego en el rostro.
-Rápido, rápìro, Riri, son ya las seis y treintaisiete.
Según el programa de mamá, mi habitación tiene que estar lista a las siete en punto.
"Vamos, levántate" Je m´exhorte au courage (¿me espabilo con valentía) ¿no me he sumergido este verano valientemente en un lago helado de los Alpes para desafiar a mama, para mostrarle como puedo ser de valiente? Si, seré fuerte, si una ley injusta no sometiese a los niños bajo el yudo del odio o del amor de sus padres.
¿Le disgustará tanto a Alf levantarse? Se lo preguntaré hoy. Con presteza, salté fuera de las sábanas y me enrollo un instante al bajar de la cama, jugando al perrito para darme valor. Que frío hace en esta habitación! Nunca está caliente. En las ventanas se han formado flores de hielo. Las observo maravillada, ya que son las únicas flores que adornan nuestro apartamento en todo el año. Los ramos de flores y las plantas en macetas están desterradas. Un ser vivo, que exigiese agua! Impensable! Al regarlas podría caerse unha gota en el parquet! Así que, para escapar a la vigilancia de mamá, encuentro para las flores silvestres y las malas hierbas que traigo de vez en cuando a la casa, los escondrijos más inverosímiles. Pero esta vez, je suis comblé. Mientras dormía, los arriates de escarcha se posaron en mi ventana. Que maravilloso regalo y qué efímero! Cuando volviese del colegio, este jardín de una sola nocha habrá desaparecido. Erna me sorprende soñando ante la cortina de margaritas trepadorea y de blancas anémonas, y me llamó la atención. Erna era una huérfana de diecisiete años, confiada a mamá por un tutor que le había pedido que la tratara severamente. Cnotra esta pobre chica asustada y nerviosa, mamá disponía de un arma infalible: la amenaza de mandarla de vuelta. Erna, dspedida al menos una vez al día, siempre víctima de esta triquiñuela, suplicaba a su ama para quedarse. De este modo, mammá la reducía a la esclavitud y experimentaba un maligno placer sometiéndola de mil maneras a este tipo de novatadas.
Erna estaba llena de moratones. La pobre desgraciada, enviada de unos padres lejanos de unos a otros con el fin de desembarazarse de ella, ignoraba que existía la bondad en el mndo, la humanidad y la justicia. Mal alimentada en hospicios de hambruna, encontraba maravilloso poder por fin, en nuestra casa, tener lo suficiente.
Cuando mamá iba a pegarle, Erna se tiraba de rodillas ante ella, cubriéndole los piel y las manos de besos serviles. En un curioso estado de excitación pasionál y quizás sexual, incapaz de soportar la mirada magnética y fosforescente de mamá, bajaba la cabeza, inmóbil, en éxtasis como una penitente, incluso cuando no tenía nada que reprochársele. ¿Y qué falta podría cometer ella? Su miedo y su celo eran tales que se levantaba a las cinco de la mañana, una media hora antes de que mamá se lo exigía. Oranie sólo se sometía a esta orden rechistando. Era ella, al contrario, la que pedía su dimisión; pero finalmente retiraba la orden por mi culpa.
Oh, cuánto trabajo había en nuestra casa! El tiempo que los burgueses de entreguerras dedicaban a los masajes y a las sesiones de belleza, los ociosos de comienzos de siglo lo consagraban a lustrar sus casas, o a reclutar mercenarios para esta tarea.
Reinaba en la casa una incesante corriente de aire ya que siempre y en todo momento se estaba limpiando, desempolvando, sacudiendo. Ora se frotaba el entarimado con el estropajo de hierro, ora le limpiaba la plata, la piel, el níquel, ora se sacudía y cepillaban los peluches y los viejos tapices. Siempre como si estuviésemos en plena mudanza. Y, realmente, nunca estuvimos instalados, nunca nos sentimos en "nuestra casa". Ni papá incluso se atrevía a caminar por miedo a empañar el brillo inimitable del parquet.
Nosotros, los niños no podíamos contar con Erna. Por la noche nos insultaba para agradar a mamá, y a la mañana siguiente se volvía nuestra cómplice para vengarse de otra nueva maldad de su ama. Todas las mañanas mamá hacía su rueda de inspección en el apartamento, y todas las mañanas inevitablemente, se desarrollaba la misma escena:
La potente contralto de mamá retumbaba:
-Erna! Erna!
La r resonaba en todo el apartamento. Desde el fondo del pasillo, el eco respondía, de manera que mamá, como una bruja, parecía estar presente en dos sitios al mismo tiempo.
-Queda todavía una mancha en el parquet, holgazana!
-Señora, lo limpié todo esta mañana.
Un grito agudo, y Erna se autoinculpaba.
De dónde podía procecer esa gota de agua vulgar o ese hilo malicioso que se había instalado sobre la alfombra verde del despacho?
Erna jamás e atrevió a acusar a mamá de esta hipócrita acusación.
Mientras Erna hacía mi habitación yo corría por el interminable pasillo. Mi largo camisón, tieso y como almidonado, me aprisionaba como una torre de cartón. A veces, los listones del helado cuarto de gaño gemían bajo mis pasos. Pero estaba descalza, con las zapatillas en la mano, y teniá buen cuidado para evitar caminar sobre las tablas defectuosas. Pero a pesar de ello algunas mañanas todas mis precauciones eran en vano. A menudo, desde la habitación de al lado, la de mis padres, se elevaba la temible voz:
-¿Quén de vosotros dos hace todo este ruido? ¿Quién se ha atrevido a despertarme?
Yo era incapaz, entonces, de articular el menor sonido. Ya que mamá no hablaba, no gritaba, su voz resonaba como las trompetas de Jericó, me destrozaba el corazón, como cuando un día rompió un vaso de vino cuando lo llevaba a los labios gritando. Aún hoy, cuando recuerdo esos estallidos de su voz, mi corazón, igual que el famoso vaso, se desgarra en mi pecho.
Había tardado demasiado tiempo en responder.  Mamá ya se precipitaba hacia el cuarto de baño y me propinaba una fuerte bofetada.
De golpe, perdí el poco valor que había reservado para el "cuarto de castigo", como Alf había bautizado al comedor, donde al poco tiempo tendría lugar la ceremonia del café con leche. Me habría gustado hacerme pequeña en la mesa, completamente delgada, completamente incolora y más silenciosa que mi sombra, por lo menos mamá no me descubriría.
Tods las mesas burguesas ante la que las familias celebran la misa negra del café se parecen.
Alf y yo, aguardamos en pie al lado de nuestras sillas.
Los ojos de Alf son como grandes violetas, a veces dulces como las violetas del pastelero, a veces fieras como las de los jardines lujosos, a veces salvajes y castas como las de los bosques en primavera.
Pero hay días en que estas violetas están marchitas y sin brillo, como las que se toman de un herbario. Estos ojos de violeta, en el rostro demacrado de un joven muchacho, parecen enormes. Alf es muy alto para su edad, pero no tiene más que piel sobre los huesos, un esqueleto de niño.
-Alf, a ti te sienta tan mal como a mi levantarte por las mañanas?
-Te crees que es un placer despertarte en este cuartel! Pero muy pronto, hermanita, muy pronto me libraré de ello...
Sus ojos se llenan con un espejismo. Una expresión de felicitad embellece sus rasgos.
-¿A dónde iras Alf?
Alza los hombros y me mira con ternura. Misteriosamente responde:
-Es un secreto! Tú no puedes entenderlo, hermanita!
-¿Me llevaras contigo, di? Viviremos en el bosque, como Haensel y Gretel.
-Al sitio al que voy no pueden ir las niñas pequeñas.
Debí de mirarlo dolorosamente porque me dio unos golpecitos en la mejilla:
-No estés triste. Te voy a contar una bonita historia: eran un hermanito y una hermanita que se quería mucho. Pero tenían una cruel bella-madre...
-Nosotros no tenemos una bella-madre!
-Si me interrumpes no podré seguir. No se trata de nosostros, sino de otro hermanito y otra hermanita. Entonces, el hermanito dijo: "Nuestra bella-madre nos pega todos los días, y cuando le preguntamos algo, nos responde con patadas. Ven, vámonos a recorrer el mundo. Puede que los extrajeron nos acojan..." Toma a su hermanita de la mano y la lleva todo el día por los campos y los bosques. Cuando llovía, la cubría con una capa y decía: "Los ángeles lloran por nuestro destino." Por la noche, se refugiaban en el hueco de un arbol o en una  pila de heno, y dormían profundamente. De madrugada, el sol les despertaba con sus manos doradas. Pero tenían sed, y el hermanito se decía: "Tenemos que encontrar bebida!" Y entonces partían. Luego de caminar mucho tiempo, descubren un manantial, en el que el agua cantaba dulcemente sobre las piedras. El hermanito se precipita para saciar su sed. Pero la hermanita escucha el murmurar de la fuente:
-El que bebió de mi agua se transformó en tigre!
-¡Detente, hermanito! grita la hermanita. No bebas, de lo contrario te convertirás en un tire y me comerás!
El hermanito, a pesar de su sed, dejó de beber.
Llegaron a una segunda fuente, pero la hermanita escuchó otra voz, aún más espantosa: "El que beba de esta fuente se transformará en lobo!".
"No, no, hermanito, no bebas! grita ella otra vez, si no te convertirás en lobo y me destrozarás!".
El hermanito no bebió. Pero en la tercera fuente, el agua canta: "Quien beba de mi agua se transformará en ruiseñor!".
"Oh, hermanito, no bebas, si no te convertirás en ruiseñor y te marcharás!".
Pero el hermanito tenía la boca demasiado seca, no pudo aguantarse y se lanzó a la hierba y bebión grandes tragos. Pero ya no se levantó: desapareció entre las altas hierbas, y en su lugar un pájaro gris emprendió el vuelo. El hada mala había maldito todas las aguas.
La hermanita, perdida en los bosques salvajes, se puso a llorar y a correr, y entre los árboles, el pájaro la seguía de rama en rama cantando a alma partida.
-No es una razón para hundirse en sollozos, tú también, Riri...vamos...si eres tan sensible, no te contará nada más...No es más que un cuento de hada.
Pone su mano sobre mi boca:
-Cállate, nos vas a delatar, tontita...
"La señora Nerón" va a preguntarnos...
En efecto, en ese momento, como en los cuentos de hadas, entró mama:
-Ah, seguro que estábais hablando mal de vuestra madre, para reir así. Lo leo en vuestros ojos.
-De ninguna manera, mama.
-¿No? ¿Entonces por qué os peleábais? ¿Quién empezó?
-¡Yo! dijo Alf con un tono provocador.
Al momento,mamá empuñó con la mano derecha un mechón de sus sedosos cabellos, luego, con la otra mano, uno de mis rizos y sacude nuestras cabezas una contra la otra. Un castañazo. Estallaron chispas antes mis ojos; la habitación se transformó en un carrusel cuyos caballos eran tigres, lobos y ruiseñores gigantes.
-¡A vuestros sitios!
Entró papá. Como de costumbre, no notó nada. Sus ojos, de un azul claro, son miopes, desde el punto de vista moral. No se percata de que su mujer lo mira de arriba a abajo, a menudo, con una mirada de odio, ignorando que pegando a los nichos ella querría asesinarlo entre ellos. Sabe también que si hace una pregunta, también será desairado con el eterno refran: "Quien bien te quiere, te hará llorar."
El abrazo de papá huele a jabón de afeitar y al cosmético en el que enjuaga a lo bruto su bigote y su cabello ligeramente ondlado, dividido al medio por una raya impecable.
Es el silencio antes de la tempestad. Un silencio interrumpido por el déshabillé  de tafetán de mamá, el tintineo plateado de la cuchara con la que papá remueve su café claro, y el murmullo de las Dernières Novulles, desplegadas a su izquierda. Mientras el accidente ferroviario de la víspera ha cortado el camino a multitud de pasajeros, lágrimas de miel y mermelada de frambuesa gotean de su tostada en la mesa, y estallan entonces gritos de desolación no por compasión hacia los muertos sino por las manchas sobre el damasquinado del paño.
Los diferentes tipos de pan que se hacían traer de la casa del "proveedor de la corte", se extendían sobre la mesa: pan blanco a la francesa, pan de centeno negro de los cuarteles del reino, pan Graham para la salud, trenzas de roscón, cubiertas de semillas de adormidera. Pero todo este lujo era, antes que nada, protocolario. Nosotros los niños sólo teníamos derecho a una tostada cubierta de una capa muy fina de mantequilla, y a un sólo terrón de azúcar por taza.
Como en todas las casas burguesas de esta época, en las que se llevaba un gran tren de vida, la mantequilla y el azúcar eran sagrados. La nata estaba exclusivamente reservada para mamá; y nosotros no dejábamos de lanzar miradas de codicia. Estas son las restricciones que estimulan la glotonería del niño y lo incitan en ocasiones al robo.
Puede que la prohibición de tocar ciertos platos se debiese a la obsesión por el orden geométrico de la mesa, ya que los diversos platos y fuentes estaban colocados en ángulos concretos, unas veces agudos, otras obtusos, que no se podían desordenar.
-Que triste destino, suspira mamá, tener delante de una a un hombre que siempre tiene la nariz metida en el periódico!
-Claro, responde papá airadamente, yo no soy Tristan!
Luego, quitándose las gafas:
-¿A que hora volviste otra vez ayer por la noche, Malvine?
-No sé...Cuando se viene de escuchar a Wagner, se pierde la noción del tiempo...Tristán estuvo deslumbrante...
-La ópera termina antes de medianoche...
-¿Y qué?...¿que quieres insinuar?...Cuando se tiene el alma bañada en misterio...quien piensa en mirar el reloj...
Papá carraspea y no se atreve a llevar más lejos su ofensiva. Se tema la explosión fulminante que ocurre a menudo cuando la investigación marital toca un punto peligroso. Entonces se bate en retirada.
El alma fuerte y el alma débil de esta unión estaban siempre enfrentadas y nunca abordaban la lucha abierta. Papá era sensible, pero como buen comerciante, tenía los pies en la tierra. Mamá no tenía corazón, pero ínfulas intelectuales gratuitas. Fingía despreciar las miserias cotidianas, gracias a las que sin embargo podía satisfacer las exigencias del arte y del lujo. Siempre se declaraba incomprendida y pretendía tener la necesidad de respirar el aire de las alturas. Esta altitud, este clima los encontraba en los tés y en las representaciones de gala de la Ópera.
Pero, paralelamente, conseguía cloroformizar a su marido y sugerirle que era inferior y que nunca conseguiría compartir sus éxtasis artísticos, sobre todo después de la noche en que había dormido a pierna suelta durante todo un acto del Parsifal y que se había convertido en el hazmerreír de los familiares presentes, propietarios, como nosotros, de un palco en la ópera. De esta forma, mamá había adquirido el derecho de ir sola a los conciertos y al teatro, y regresar a horas intempestivas.
A la mañanan siguiente, al menor reproche de papa, le lanzaba a la cara frases grandilocuentes o citas de autores de moda. Entonces él se callaba, incapaz de luchar con una mujer cuya verborrea cultural le deslumbraba.
Sin embargo, a veces trataba de salvar las apariencias.
Esa mañana volvió a la carga y farfulló:
-Me atrevo a decir que exageras, Malvine, que...
Al momento, ya mamá estaba en pie con la actitud trágica de una actriz de la Comedia Nacional. Le gustaban las escenas y trasladaba el teatro a la vida:
-¿Que insinúas, Jo? Es un atentado a mi libertad...voy a dejar esta maldita casa...
-Te lo ruego, vamos...los niños..
-¡Pequeños espías! ¡Salid!
Fuera, Alf pega su oreja al ojo de la cerradura:
-Van a divorciarse, cuchichea entusiasmado.
-¿Que significa eso Alf?
Alf no contesta.
-Ahora ella le embauca con el truco de la maleta....
Porque en cada una de estas escenas, mamá, para ganar tiempo, alegaba que para abandonar el hogar necesitaba un armario maletero.
"¡Ya está! Papá se confunde en disculpas. Y ella se desinfla...¿sabes lo que dijo mamá?....¿Que se quedaba por los niños! ¡habla! Vamos, larguémonos al colegio! Te contaré de camino el fin de la historia del hermanito y de la hermanita.
Casi no pude aguardar para preguntarle otra vez.
-¿Que significa "divorciarse", Alf?
El fin de un matrimonio. La justicia manda echar al padre o a la madre y manda también a los nichos con uno o con el otro de los padres. Este es el cometido. "No todo el mundo tiene la suerte de ser huérfano", como dijo cierto Renard.
-¿Desde cuándo hablan los zorros?
-¡Que zoquete! Se trata del Sr. Jules Renard, que escribió un libro sobre un chaval que se llamaba Poil de Carotte porque era pelirrojo. Su madre era tan cruel como la nuestra.
-¿y acaba mal?
-El chico intenta ahorcarse pero le sale mal.
-¿Y entonces por que no se hacen ruiseñores los dos?
-¡pardilla! ya te dije que se trataba de un cuento de hadas.
-¿pero que pasa con el ruiseñor?
-Espera....perdí el hilo...ah si. Luego se refugia en el brazo de su hermanita. La hermanita lo aprieta contra su corazón y lo inunda de lágrimas. Bajo el efecto de las lágrimas, el pájaro vuelve a convertirse en su hermanito. Pero con sus nuevos sentidos, comprende el idioma de las bestias que acuden a su encuentro y le dicen que la madrastra a vuelto en su persecución..¡hala, otra vez a la prisión! Alf señala el colegio.
Al final, todos los animales se juntan para matar a la bruja, las termitas cavan trincheras para detener su curso, las mariposas forman un muro para detenerla, los animales, beben de todas las fuentes hasta agotar los chorros de agua para que muera de sed, las bayas con las que podría alimentarse son pisoteadas por los jabalíes, y mientras muere de inanición, martas y garduñas la muerden tan fuerte que su sangre cruel brota de sus venas y de sus arterias. Muere de una forma atroa.".
Y como di un suspiro de alivio, Alf añade:
-¡Las madrastras pueden todas morir así!

viernes, 1 de noviembre de 2013

El secreto

Esta noche, hacia las cuatro, un ruido ligero me despierta. El ruido procedía des saloncito pegado a mi habitación. Bajo la puerta entreveía un rayo de luz. Disolvía las tinieblas. Todo aparecía más ligero, menos hostil. Un murmullo de seda, un susurro de tafetán, frufrús cargados de electricidad. En el mundo entero, en cualquier latitud, los niños -blancos, amarillos o negros- llaman a su madre, cuando la noche les abruma. Y a toda prisa, la madre está en la cabecera de su cama, se inclina sobre los pequeños con ojos que brillan como lámparas y los reconfortan. Por qué yo no tenía derecho a llamar? ¿Por qué? Porque ella volvía tarde de un lugar misterioso. Yo estaba segura que había un secreto, puesto que desde el momento en que papa hacía la menor alusión a las salidas nocturnas de mama, esta era presa de unas súbitos ataques de cólera. Oh, sobre todo no reaccionar...no dar a entender que me había dado cuenta, que me agarraba a ese rumor que aliviaba un poco mi soledad.
Entonces permanecía inmóbil, y mi imaginación me desplegaba bajo lunáticos colores la aventura de la que mamá regresaba. ¿Que enigma se disimulaba bajo su cara empolvada de blanco, bajo su boca maquillada de rojo? Esa conducta vibrante y como ensordecedora, las noches en que ella casi amablemente nos decía a todos: Buenas noches! En esos momentos, era tan bella. Sus rasgos pedían todo lo que habitualmente nos amedrentaba. Por poco tiempo, olvidábamos el terror que nos inspiraba. Pero ese encanto que se apoderaba de ella no era para nosotros. Nos estaba negado, adivinaba yo con unos celos sordos!En esta época, mi corazó de niña todavía pertenecía a mamá. No le guardaba rencor por sus palizas. Se necesita mucho tiempo y muchas comparaciones con niños privilegiados para comprender su maldad.
Oh, como me habría gustado poder amarla...
Aguardaba, llena de nostalgia, el momento en que saliese del salon para ir a acostarse a la habitación. Esta mujer, tan violenta durante el día, se movía por la noche con dulzura y tocaba los objetos con la precaución de una ladrona.
Por fin, el silencio regresaba. Me deslizaba hacia la puerta, la abría. Me dirigía tanteando hacia el perfume que emanaba de los vestidos de mamá extendido sobre el sillón en que la doncella los encontraría de mañana para ordenarlos. La habitación completa estaba llena de mamá. Flotaba allí un olor ácido, caliente, animal. Hundía mi rostro en los incontables volantes de las enagua. Seducida, los olisqueaba con la nariz. El olor juega un importante papel en la atracción.
Humo de cigarros, polvo de la calle, secrecciones íntimas, sudor, champán derramado, toda esta mezcla componía un misterio insondable. Me embriagaba, me extasiaba. La música de la seda, que el cuerpo de mamá había entibiado, me exaltaba. Aspiraba la tela, la chupaba como un niño que busca el pecho. El tafetán balbucía con las caricias de mis dedos. Gritaba como un juguete... ¿y si lo llevaba a mi cama?...Casi todos los niños experimentan la la necesidad de dormirse apretando contra sí algún objeto amado. Tienen, sobre todo durante la noche, una enorme sed de amor, mientras su organismo es el foco mágico de tantos cambios, miembras que su corazon y sus miembros crecen y maduran.¿como soportar este esfuerzo si no se tiene al aldo un ser que vele por uno sino únicamente un perro de fieltro o un oso de peluche?
Me incautaba del vestido y lo llevaba a acostarse conmigo, lo apretaba contra mi cara. Nos estaba terminantemente prohibido llevar juguetes a la cama. Así fue como robé por una noche una parcela de ilusión: la piel satinada de mi madre.
Era una forma de refugiarme en ella, en ese cuerpo que seis años anos me había contenido y traído al mundo.

miércoles, 30 de octubre de 2013

El diente de leche

Uno de mis más antiguos recuerdos se remonta a mis seis años. Hacía algunos días que me dejaban volver sola del colegio. Primero, mi madre había "cronometrado" conmigo el tiempo necesario para realizar el recorrido de vuelta. Lo había hecho a toda prisa, arrastrándome tras ella. "Seis minutos y medio", fue lo que determinó.
Se trataba, a partir de ese momento para mi, de igualar ese tiempo record todos los días, en cualquier circunstancia, lloviese o tronase. Como una bestia acorralada, el corazón fustigado por el miedo, me iba a toda prisa hacia la salida del colegio, sin pararme a abrochar mi bolso, ni cerrar mi abrigo, mirando de reojo a las otras niñas que podían charlar a su gusto de camino al colegio. Me estaba rigurosamente prohibida cualquier cháchara con ellas, corría como una flecha por el pasillo, empujando a los que tenían menos prisa que yo, en la gran calle ribeteada por edificios grises, una calle sin alegría y sin esperanza.
Para acortar el camino, lo había dividido mentalmente en varias etapas. Esto lo hacía más llevadero. A medio camino, estaba la charcutería Uhde, cuyo escaparate se adornaba con el busto  de nuestro difunto rey, modelado en manteca de cerdo.
Un poco más adelante, el mismo monarca reinaba en la confitería de Goetz, en forma de helado, y, como era el postre favorito de los buenos patriotas podíamos pedirlo con diferentes sabores: vainilla, café o frambuesa.
A partir de la taberna de Michaelis, cuyos clientes borrachos acostumbraban a acribillarse a cuchilladas los sábados y domingos por la tarde, sólo me faltaban dos minutos para llegar a la casa paterna.
Boum! clamaba el reloj de la iglesia de Santa Ana, allí al lado. Y apenas había llegado al busto de manteca. Todo mi cuerpo tiembla a su compás. ¡Las cuatro y cuarto! El terror me helaba la sangre. Me dolía la barriga. ¡Otra vez con retraso! Dado que mi madre, al calcular el tiempo, había omitido cualquier factor debido al azar podías, por ejemplo, no encontrar tu boina en el vestuario. Podías detenerte, seducida por el fluido de una camarada de clase, y olisquearla como hacen los cachorros. ¡Fíjate, sonríe! Los chavales intercambian sus sonrisas como si fuesen tarjetas de visita. Así se forjan las amistades. Una pequeña amiga, otra niña, una aliada contra todos los que tienen más de seis años y que han renegado de sus primeros sueños.
Si incluso la calle ofrecía siempre un nuevo espectáculo. Un caballo cae, una nube extraordinaria pasa, el organillo de un ciego que te obsesiona con su estribillo sentimental. El niño se detiene, se retrasa, olvida su cometido...en fin hay circunstancias atenuantes para un retraso de tres minutos. ¡Pero no para mi madre! Me había recibido ya tres veces con la fusta en la mano. Entusiasmada con mi retraso, intento inculcarme a la fuerza la noción del tiempo. Al día siguiente, las magulladuras me impedían permanecer quieta en el banco del colegio. Mi hermano Alfred forraba sus pantalones con una capa de guata. Es lo que tendría que haber hecho yo también.
Ese día pasé tanto dolor que no paré de moverme en mi silla para encontrar una posición soportable. La profesora me riñó:
-¡Quieres estarte quieta Clarisse!
¿Cómo iba a explicarle mi martirio? toda la clase se moriría de risa. ¡Que humillación! Al final de la clase, la Señorita me llama:
-Mi niña, debes aprender a dominarte. Ya conoces la obligación: estarse derecha y quieta como un soldado de plomo. ¿Comprendido?
-Si señorita.
El miedo me daba vértigo ya que durante esta algarada, el tiempo, el tiempo pasaba. Tres minutos de retraso. Me precipitaba a la calle. Empapada en sudor, frenética, vacilante, subía los escalones de nuestra casa. Desde el rellano, una mano, tan terrible como la zarpa de una ave de presa, me agarra, me arrastra al vestíbulo y me lanza al salón. El gran rubí tallado en aristas cortantes, brillaba en el puño levantado de mi madre.
Cruzaba los brazos ante mi cara, como dos parachoques minúsculos: un gesto de defensa común de todos los niños maltratados. Estoicamente, apretaba los labios por que gritar estaba prohibido. Una nube roja, cada vez más roja, me envolvía. Me hundía sobre la alfombra de Esmirna, toda manchada de rosas púrpura, erizada de espinas. Me agarraba a la lana, pero las matas de zarzas arañaban mis rodillas desnudas. Me arañaban arrecifes de coral. Pesadas granadas caían sobre mi cabeza y se abrían. Su carne roja me salpicaba, chorreaba por mis mejillas, en mi boca. Probaba a escupir las pepitas, tragar y volver a escupir. El gusto insulso y agrio me provocaba náuseas. Orquídeas de sangre con inquietantes formas me abrazaban. Mariposas brillantes, esfinges y volcanes, como los que había admirado en verano en la montaña, se posaban sobre mis párpados cerrados. Y de lejos, como a través de una espesa niebla, la voz escarlata de mi madre me acosaba:
-¿Quieres mirarme a la cara, bicho repelente, y decirme por qué has vuelto con tres minutos de retraso?
-Yo....
Imposible articular palabra. Un líquido espeso y levemente azucarado me llenaba la boca. Una piedra sobre mi lengua me impedía hablar.
-¡Oh mala furcia! ¡Hay que ver como ensució mi bonita alfombra! Menos mal que la sangre no se verá sobre el fondo rojo. Fíjate la asquerosidad que has hecho, pequeño monstruo!
Sumisa, intenté alzar los ojos, pero estaba casi ciega. Tras mi frente se había desencadenado un huracán, mi cerebro estaba en ebullición. La sangre salpicaba desde mi nariz.
- ¿Pero vas a utilizar tu pañuelo de una vez? gritaba mi madre. ¡Vamos, fuera, al cuarto de baño! Ya verás lo que te pasará si ensucias el pasillo. ¡Y después, directamente a la cama, sin cenar. Ese será tu castigo! ¡Fuera!
Me arrastré hasta el cuarto de baño e incliné la cabeza sobre el lavabo. Por fin, sola, pude abrir la boca y escupir la sangre coagulada. Lo que me había parecido una piedra, era uno de mis dientes de leche.
El agua fría refrescaba mi frente que ardía. Las alucinaciones rojas se evaporan. La sangre deja de chorrear. Aturdida observé como caían las últimas gotas. Luego, cuando me erguí frente al espejo, hice un movimiento de rechazo. Conocía bien mi rostro. A veces, por curiosidad o coquetería instintiva me acercaba al espejo. Esta nueva máscara grotesca que me miraba ahora no era yo. ¿Quien era entonces la del espejo? ¿Que payaso, que personaje de carnaval me escudriñaba así?
- Clarisse, susurraba, pegada contra el cristal ¿eres tú?
Los labios y la imagen dibujaban mi nombre, como si una piedra fuese lanzada en esta especie de charco vertical dibujando surcos. Si, la boca que tenía frente a mi me contestaba con un eco mudo:¡ Clarisse!
Pero yo no quería identificarme con esa caricatura, no quería tener nada que ver con ese ojo a la funerala, esa nariz hinchada y manchada de sangre, este labio rasgado, esos ojos hinchados por las lágrimas, y sobre todo, con mi pelambrera pelirroja toda enmarañada.
Lancé un grito, asustándome a mi misma. Temblorosa, fui sobre la punta de los pies hasta la puerta y escuche: no había nadie en el pasillo. Escondiendo con cuidado mi cara, como una fruta aplastada, en mi pañuelo, me colé en la cocina. Oranie, la gorda cocinera era mi única amiga.
-¡O-ra-nie, O-ra-nie, no tengo cara!
-¡Dios Mío! ¡Mi cariño! ¿que te ha hecho ahora esta bruja?
-No...sé. No hay por que hablar así de mama!
Iba al colegio desde hacía demasiado como para poder comparar mi vida con la de los otros niños. Hasta ese momento siempre creí que los niños sólo venían al mundo para ser molidos a palos por sus padres.
Oranie espiaba a través de la puerta:
-Mañana ya no se notará, mi pajarillo. Sal pronto, si te encuentra en mi terreno volverá a empezar. Ya lo sabes: prohibido absolutamente ir a la cocina. Tiene miedo a que le vaya con chismes a las vecinas.
Poco después, estaba acostada en mi cama, tiesa como un soldado de plomo, las manos en posición de firmes, según la consigna.
Luego me hundí en un sueño profundo a pesar de que sólo eran las cinco de la tarde. La tristeza me había agotado.
Soñaba con una tarta de manzana grande como nuestra casa. Mi cama, mis orejas, eran de nata montada. Se come bien en sueños, demasiado incluso. Porque hacia medianoche me desperté con un insoportable malestar y violentos dolores de cabeza. Incapaz de abrir los ojos, me dirigí, apalpando, como un ciego, hacia el lavabo. Era parte de un lujurioso servicio de porcelana, decorado con nenúfares, con ribetes dorados, que me habían prohibido utilizar. Vomité mi sueño, mi pena, mis seis años. Y cuando ya no me quedó nada, tuve hambre, un apetito feroz. A menudo, cuando me mandaban a la cama sin cenar, el hambre me atormentaba a mitad de la noche. Y al hambre se unía el miedo. El miedo se alimentaba del hambre. Cuanto más deseaba un trozo de pan mayor se hacía mi miedo. Esa angustia, ese terror del niño que se siente solo en medio de la gran noche fría. Miedo de la oscuridad, miedo a derramar más lágrimas. Miedo de que papá pudiese morir, él, que por su parte, también temía a mamá. Miedo de un incendio.  Miedo de los ladrones. Miedo de ese abismo que mi diente arrancado, había dejado en mi boca. Miedo de esos muebles blancos y hostiles que únicamente estaban en mi habitación para decorarla, estaba prohibido sentarse. Miedo de los ruidos y de los silencios. Miedo de lo real y de lo irreal. Miedo de eso que los mayores llaman la vida. Un miedo que era más grande que yo, más grande que la habitación, más grande que el espacio que rodeaba la casa, más grande que el tiempo -ese tiempo con el que la noche estancaba mi infancia y la envolvía de eternidad.
Y no podía llamar a nadie. Por la noche estaba prohibido llamar e incluso ponerse enfermo. Las enfermedades sólo existen en la imaginación, aseguraba mamá. Y sin embargo, muchas noches, privada de pan y de amor, con el riesgo de no recibir como respuesta otra cosa que golpes, llamé, grité y aulle! Estaba demasiado sola. Que vengan los golpes, con tal de que alguien se ocupe de mi. A la necesidad de comida se unían la necesidad de cariño, la sed ardiente de una palabra cariñosa, como las que se dicen a los perros sarnosos. Sólo sentía un irrefrenable deseo de dos brazos que me atrayesen hacia ellos y me acariciasen.
Gritaba, y me aterrorizaba mi grito. Era un grito de rebeldía contra la rigidez inexorable, contra el ritmo impenitente de esta casa. Tiritaba. Incluso bajo las mantas donde me acurrucaba, me alcanzaba ese temor atávico al castigo. Los niños estábamos tan bien entrenados para hacernos los muertos que la mínima manifestación de nuestra personalidad nos parecía una reivindicación insolente.
¡Ah, podía gritar sin miedo! ¿Quién me habría escuchado? Al lado de mi habitación estaba el pequeño y tenebroso salón, todo de ébano, lleno de estanterías con adornos contorneados al estilo de 1900. Bajo las fundas de algodón del canapé y de los sillones aparecían las borlas de peluche que Erna tenia que desempolvar todas las mañanas a las seis y cuarto. Las cortinas de brocado, siempre herméticamente corridas, desterraban el aire y la luz, la naturaleza, todo lo que fuera vivo y verdadero. Incluso la mar había sido domesticada y allí yacía, bajo la forma de una enorme concha, sobre la consola del espejo. Cuantas veces apreté contra mi oreja esta concha llamada "Oreja de Venus", para, sin saberlo, evadirme del calabozo de mi infancia hacia los originales abismos oceánicos!
Si, podía gemir sin riesgo alguno. Me sepulté bajo las mantas, hice una mordaza con una esquina de la tela y me lo introduje en la boca para ahogar mis sollozos. Odiaba mi debilidad y mi impotencia. Sólo tenía seis años; sin embargo presentía oscuramente la injusticia de todo esto. De pronto, mi cama estuvo tan mojada que tuve que moverme de lugar para encontrar un sitio seco. Yo no gritaba, aullaba. Luego, cuando me flaqueaban las fuerzas, balbucía: Dios...Dios...
Ahora, podía llamarla sin miedo de ser castigada. Ya que nos estaba rigurosamente prohibido rezar. Alfred decía: "Mama tiene miedo de que la acusemos a Dios.".
Bajo las mantas, me retorcía las manos para hacerlas chasquear:
"Querido Dios" Ayúdame aunque no vaya a catequesis porque mamá dice que somos librepensadores. Oranie dice que eres todopoderoso. ¡Ayúdame entonces! Soy tan, tan desgraciada...
Me callé repentinamente. Un mirlo había comenzado su oración matutina, él también, en uno de los jardines de alrededor. Cantaba a voz en grito, y de repente sentí que no estaba sola. ¡Que pájaro heroico, tan pequeño y más valiente que yo! No se quejaba, a pesar de haber estado expuesto toda la noche al peligro de los búhos y de los gatos, no se apiadaba de si mismo. Perseguido día y noche por los niños y por los animales, cantaba, cantaba siempre. Este pensamiento me consoló, me fortificó..